27 de enero de 2024 - 4:10 PM
Con información de María José Longo Bautista / Agencia Ocote


LEA AQUÍ LA PRIMERA PARTE: Lo que dejó la fiebre de la amapola en San Marcos


Parte I

La frontera: vivir entre México y Guatemala 

Sibinal es un municipio pacífico. Viene, eso sí, como toda Guatemala, de un pasado reciente de violencia. Durante el conflicto armado interno hubo víctimas mortales; 36 de ellas son recordadas en una plaqueta en el parque del municipio.   


Aun así, después de la firma de la paz, y a pesar de su cercanía con la frontera y la siembra de amapola, su índice de muertes violentas se mantuvo bajo. En 10 años, sólo se  registró una. 


La frontera entre Sibinal y Chiapas, en México, la marca una franja de pequeños obeliscos pintados de blanco. Está entre la montaña, en un camino de tierra, empinado y flanqueado de árboles. 


Es un punto ciego; no hay control. La mayoría de los comerciantes tampoco lo demandan; perjudicaría sus ingresos. Para sobrevivir, las personas se dedican a llevar y vender productos de Guatemala a México y viceversa. Piensan que un puesto de control los llevaría a la quiebra por el cobro de impuestos. 


De Guatemala a México transportan principalmente verduras, hortalizas y pan; de México para Sibinal, productos como frijol, arroz y detergente. 


Un comerciante emprende el camino hacia Tapachula, México, transportando sus productos a lomo de caballo, en la madrugada del 31 de agosto. Al fondo, el volcán de Tacaná, San Marcos. Fotografía: Simone Dalmasso.


Antes de que llegara la amapola, los vecinos de Sibinal se dedicaban principalmente a esto: al comercio en la frontera. Otros migraban por temporadas para trabajar como meseros, albañiles o camareros en hoteles en México. Cuando pasó la fiebre de la amapola, muchos retomaron estas actividades. 


Para viajar de Sibinal a Chiapas se debe recorrer un camino de asfalto y terracería. En vehículo, una constante zangoloteada, por el insufrible estado de la carretera. El recorrido lleva 30 minutos;  luego hay que caminar una hora, por veredas de tierra entre la montaña. 


Al llegar a la línea de obeliscos blancos, se pueden pagar unos 50 quetzales por una mula o un caballo que carga los productos al otro lado de la frontera. Quienes no tengan suficiente, deberán cargar la mercadería con un mecapal. 


Una familia de Tominá los Trigales, San Marcos, transporta a lomo de caballo las verduras que venderá en el mercado de Tapachula, en la mañana del 31 de agosto. Fotografía: Simone Dalmasso.


El jueves es el día de mercado en Sibinal y el de mayor movimiento en la frontera. Los buses empiezan a circular desde las cuatro. En la madrugada, desde la línea, se observan las luces de las ciudades de Talquian y Unión Juárez, en Chiapas. 


A la distancia, al amanecer, la frontera es un contraste entre un sosegado paisaje con un cielo colorido y el ajetreo de la gente que, como hormiguitas, van y vienen para subsistir. 


Leuster Vásquez es otro vecino de Sibinal. Tiene 27 años. Creció en esta frontera, conoce muy bien la línea. Cuando era niño estudiaba y trabajaba. El día de plaza ayudaba a los comerciantes a cargar la mercadería. Le pagaban Q15 por día, más frutas o vegetales dañados. Los viernes y sábados iba a Ixchiguán, a unos 20 kilómetros de Sibinal. Allí se dedicaba a lustrar zapatos. También acompañaba a su mamá a vender en México. 


A los 11 años terminó de estudiar la primaria y migró a México. Llegó a ser el encargado de una ferretería, hasta que decidió regresar a su pueblo. 


«Para mí el Gobierno de Guatemala no significa nada, no sirve para nada. Nunca me dio una beca, algo para decir que me ayudaron. No dependo del gobierno, compré una moto y un terrenito del sudor de mi frente. No es justo que unos con la panza llena y otros con la panza vacía, eso me molesta», reclama Leuster. 


Leuster Gerardo Vásquez Bartolo, 27, posa frente a la línea fronteriza que separa Guatemala de México. Vivió 11 años en México como encargado de ferreterías, desde la edad de 11. Ahora es miembro de la asociación ADAFIS, en Sibinal, San Marcos. Fotografía: Simone Dalmasso.


Para David Sum, economista y quien fue 34 años catedrático de la Universidad de San Carlos en San Marcos, el Gobierno de Guatemala ha hecho inversiones en las fronteras que benefician a grandes empresarios. Pero, por otro lado, descuida la situación de la población en puntos ciegos como el de Sibinal. 


Por ejemplo, «en Guatemala hay una política de zonas especiales de desarrollo económico público privadas. La Puerta del Istmo, que está en la frontera entre San Marcos y México, es una plataforma de acopio industrial enorme, con un gran desarrollo inmobiliario y generando fuentes de empleo. Si eso se puede hacer para el gran capital, ¿por qué no se puede hacer lo mismo para los pequeños productores?», argumenta. 


La Puerta del Istmo es una zona libre de industria y comercio, ubicada en otra de las fronteras de San Marcos con México. Las empresas que se instalan en está área gozan de la exoneración de impuestos. 


De acuerdo con un reportaje de Plaza Pública, en 2017, el presidente Jimmy Morales anunció que se entregaría un bono de Q1,500 al mes para los sembradores de amapola y marihuana. Este sería un incentivo para encontrar otras formas de subsistencia y que dejaran la siembra ilegal. El bono quedó en palabras, la promesa presidencial nunca se cumplió. 


Ocote consultó con el Ministerio de Desarrollo Social sobre esto. Gabriela Rodríguez, jefa del Departamento de Desarrollo Social del Fondo de Desarrollo Social, con el entonces gobierno de Alejandro Giammattei, respondió por escrito que el fondo a su cargo no maneja subsidios o bonos para erradicar o disminuir los cultivos de amapola en los municipios de Tajumulco, Ixchiguán y Sibinal. 


A diferencia del Mides, el Ministerio de Agricultura Ganadería y Alimentación (Maga) sí tiene programas y proyectos para disminuir los sembradíos de amapola e incitar la siembra de otros productos. Por medio de información pública, Ocote solicitó los datos de estos programas y proyectos que ejecuta.


De acuerdo con la información, del 2017 al 2022, ha disminuido el número de beneficiarios  y también la inversión. Aunque en 2023 hubo un aumento en los fondos gastados, comparado con 2022, no incrementó significativamente el número de usuarios.  


Los programas y proyectos han estado enfocados en San Marcos y Huehuetenango. De 2016 a 2021 se incluyó a Sibinal, Tajumulco e Ixchiguán. En 2022 ya no aparecen entre los municipios beneficiados y para 2023 sólo se tomó en cuenta a Sibinal. 


De enero de 2017 a julio de 2023, el Ministerio de Agricultura gastó Q2 millones en estos programas y proyectos, benefició al menos a 2,900 agricultores de 22 municipios de Huehuetenango y San Marcos. Estuvieron enfocados en sistemas de bombeo de agua, paneles solares, insumos y animales para emprendimientos de cabras y gallinas ponedoras para la producción de huevos.


Gráfica: Ocote


Más armas, más violencia


En los otros dos municipios productores de amapola en San Marcos, la situación no es tan pacífica.


Antes de que la amapola llegara a Tajumulco e Ixchiguán, los dos territorios tenían un conflicto por la tierra. Inició en 1933, cuando Ixchiguán se independizó de Tajumulco para ser otro municipio. La pelea por la falta de certeza sobre los límites territoriales y las fuentes de agua pasó de los insultos a los golpes con puños, garrotes y palos. Avanzó a los encuentros violentos con machetes y resorteras, se agudizó y llegó a las armas de fuego. Así lo recuerdan ancianos de la comunidad. 


Aún hoy, balas perdidas han causado la muerte de personas que pasan por el lugar y terror en los hogares. 


La zona del conflicto no abarca toda el área de los municipios. En Ixchiguán, se centra en Tuichán y Villa Nueva; y en Tajumulco en Villa Real.


Los agricultores recuerdan que exguerrilleros y exintegrantes del Ejército se unieron al conflicto territorial luego de la Firma de la Paz en Guatemala.  


Durante la guerra interna, Tajumulco fue un santuario de la Organización del Pueblo en Armas (ORPA) y un lugar donde se registraron bombardeos del Ejército a comunidades como la aldea Bullaj. El informe Guatemala Memoria del Silencio también registra en Tajumulco ejecuciones del ejército y un cementerio clandestino en el destacamento militar de Ixchiguán. 



La amapola no es la causa del conflicto, pero contribuyó a la violencia en la disputa del territorio. 


Personas que prefieren estar en el anonimato cuentan que la amapola mejoró los ingresos, para quienes tenían 50 o 100 cuerdas en Tajumulco e Ixchiguán. El dinero fue suficiente para comprar armas, incluso de alto calibre. El «cuerno de chivo», como le llaman en Tajumulco a las armas de fuego, se sumó al conflicto territorial.


La amapola provocó un roce más entre los territorios. Ixchiguán vendió el producto al cártel de Sinaloa. Tajumulco lo hizo al cártel Jalisco Nueva Generación. Grupos contrarios.


Algunos pobladores del municipio cuentan que los cárteles también aportaron armas para que siguiera el conflicto y la siembra de amapola.


La cercanía de ambos grupos del crimen organizado con Tajumulco e Ixchiguán quedó registrada en el informe Amapola, opio y heroína, la producción de Colombia y México, elaborado por el Transnational Institute (TNI) así como en el ensayo de Plaza Pública La amapola es un billete maldito. 



El volcán de Tajumulco con el pueblo de Sibinal ubicado a sus pies. Fotografía: Simone Dalmasso.


En septiembre de 2023, luego del reporteo, mientras se escribía este reportaje, en la frontera entre San Marcos y México el Ejército de Guatemala y la PNC realizaban operativos por amenazas del Cártel Jalisco Nueva Generación de ingresar al territorio. 


Además, el 25 de septiembre, un fiscal, un técnico y un piloto del Ministerio Público fueron secuestrados en Tuinima, Tajumulco. Según una publicación del medio La Hora, personas que se identificaron como integrantes del Cártel Jalisco Nueva Generación pidieron a cambio de los secuestrados la liberación de dos detenidos por el asesinato de un coronel en el enfrentamiento entre pobladores de Tajumulco e Ixchiguán. Luego de 64 días de secuestro, fueron liberados.



Las armas compradas por los productores, cedidas por los cárteles y por los exmiembros de la guerrilla y el Ejército convirtieron estos dos municipios en un polvorín. 


La erradicación de amapola provocó una defensiva de los amapoleros de Ixchiguán y Tajumulco, quienes se organizaron para proteger sus cultivos. Hasta la fecha, cuando personas ajenas a los territorios llegan a los municipios, se activa una estrategia de seguridad para saber quiénes son y a qué van.


Como respuesta al conflicto territorial, el Gobierno de Guatemala decretó Estado de Sitio en 2017 y 2022. Según los pobladores, en 2017 se usó para arrancar matas de amapola y acabar con la mayoría de los sembradíos de pequeños agricultores, pero no resolvió el conflicto. Los límites territoriales siguen sin definirse y cumplirse. 


Cuando el equipo de Ocote visitó Tajumulco, los periodistas fuimos alertados por fuentes del lugar. Nos informaron que la población se estaba organizando para cuestionar la presencia del medio y advirtieron que estábamos siendo vigilados. Ante la alerta nos retiramos del lugar y utilizamos otras rutas para movilizarnos. 



En el lugar conocido como «El cruce de Tajumulco» están instaladas dos tanquetas con soldados que permanecen en el puesto de control y observación. Los agricultores cuentan que mientras está el Ejército, disminuyen los enfrentamientos armados y la siembra de amapola, pero aumenta el malestar de los pobladores. 


El Punto de Observación y Control – POC – ubicado en la cumbre de Tajumulco, donde dos tanquetas del ejército tratan de garantizar una paz más aparente que real entre las áreas conflictuales de Tajumulco e Ixchiguán. Fotografía: Simone Dalmasso.


Por los conflictos territoriales, pobladores expulsaron a la Policía Nacional Civil. Tajumulco no tiene una subestación policial desde el 4 de abril de 2004. 


Según la misma policía, para que ellos puedan regresar, se debe confirmar con una encuesta la aceptación de la población y solicitar un edificio municipal. Mientras eso ocurre, por ahora, cuando los agentes ingresan a una comunidad deben coordinar con los alcaldes comunitarios.


«El Estado sigue estando ausente, para el gobierno las políticas han sido tratar de poner destacamentos militares y policiacos. Eso complica más el asunto, porque con la represión, la gente no come, la gente no tiene empleo, tiene que salir huyendo para el norte o para las tierras bajas de San Marcos y el cinturón de la informalidad en el municipio de San Marcos ha incrementado», analiza el economista David Sum. 


«En estos territorios existe la organización comunitaria por otras cosas, pero la amapola vino a unir más está. En el tema de desarrollo comunitario, municipal, el Estado sigue ausente. Interviene sólo para reprimir a la población. La gente dice: “Está bien que quiten la amapola, pero entonces que venga el Estado a colocar algo en lugar de eso”», añade Susana López, coordinadora de la Pastoral de la Tierra en San Marcos. 


Los que no siguieron el negocio

En un campo de Sibinal, Reina Bravo está junto a su hija de cuatro años. Riega la siembra de rosas que cortará para vender. Produce lirios y rosas. Antes de dedicarse a vender flores, junto a su esposo intentó sembrar amapola, pero fracasaron. No pudieron sacar correctamente la savia. 


El terreno que utilizaron para sembrar amapola lo reforestaron con pinabetes. Los árboles están terminando de crecer, esperando ser talados y vendidos legalmente. Mientras eso sucede, su esposo migró a México temporalmente para trabajar como albañil. 


Reina cuida a sus cuatro hijos, cosecha y vende las flores, cuida a sus gallinas, cultiva hortalizas y se encarga del bosque de pinabetes.


Reyna Bravo Santizo de regreso a su casa en el caserío Unión Reforma, Sibinal, San Marcos. Fotografía: Simone Dalmasso.


Otilio Bravo tiene una historia parecida. Mira hacía el frente y señala la parcela donde sembró amapola una vez, en el caserío Unión Reforma, también en Sibinal. 


Es el mismo terreno que fue parte de su hogar hasta que lo destruyó el huracán Stan en 2005. Trece años después lo usó para intentar escapar de la pobreza sembrando amapola, pero también fracasó.


Todo iba bien hasta que necesitó extraer la savia de la flor, algo que Otilio no sabía hacer. Pidió ayuda a un primo, pero salió mal. Las flores murieron y las ganancias fueron tan pocas que Otilio dice que ya no las recuerda.   


Es un hombre delgado y moreno, padre de tres hijas, agricultor, apicultor, experto en agroecología, guía de aviturismo, consultor y tallerista. Le gusta aprender. En su casa guarda 36 diplomas de talleres en los que ha participado para formarse en liderazgo comunitario, gestión y ejecución de proyectos y agroecología. 


Cultiva flores como lirios y lloviznas, tiene gallinas ponedoras y un cerdo, produce miel y fabrica viveros. Da consultorías y talleres, sus fuentes de ingreso son diversas y le permiten cubrir sus gastos mensuales. Hace unos meses logró comprar su primer carro.  


Otilio Marcelino Bravo Roblero en uno de los invernaderos donde cultiva lirios. Fotografía: Simone Dalmasso.


«Si yo hubiera seguido con la amapola, si me hubiera funcionado, mis formas de pensar fueran otras, seguiría aferrado a que da dinero. Sé que la amapola contiene extractos que sirven para medicina, pero también cuando lo transforman es dañino, por ejemplo, para jóvenes que han perdido su vida feliz y se han convertido en jóvenes en las calles consumiendo drogas», dice. 

La Pastoral de la Tierra ha contribuido con programas en Sibinal para dar otras alternativas a quienes sembraron amapola, como Otilio.


Otilio Marcelino Bravo Roblero, 40, agricultor, enseña cómo se realizaba el corte a la semilla de amapola durante la época de auge del cultivo. Fotografía: Simone Dalmasso.


En 2004, en Sibinal nació la Asociación de Desarrollo Agroforestal Integral Sostenible (ADAFIS) que trabaja proyectos sobre el ambiente. Sus fundadores y socios nunca sembraron amapola porque iba en contra de sus principios. Recuerdan que cuando se volvió popular se talaron bosques para plantarla. La mayoría han sido reforestados. 


Vinicio Bravo, quien coordina las actividades de ADFIS, explica que, cuando la fiebre cesó, los agricultores de amapola buscaron otras alternativas de vida y necesitaron del apoyo de organizaciones. No tienen un número contabilizado de cuántas de las personas que atienden habían sembrado antes este producto.

Otilio Marcelino Bravo Roblero, 40, agricultor, frente a la parcela donde, durante una temporada, intentó cultivar amapola sin mucho éxito. Fotografía: Simone Dalmasso.


La junta directiva de ADAFIS refleja la dinámica económica de Sibinal, cada uno tiene varios empleos. Alberto Cayetano Godínez, uno de los fundadores y vicepresidente de la asociación también se dedica al comercio entre Guatemala y Chiapas, México. Fausto Vásquez es agricultor de haba y comerciante, en su casa no hay energía eléctrica y solo estudió hasta primaria. Cristóbal Ventura, representante legal de la asociación e integrante de la junta directiva, es comerciante, empedrador y electricista. 


ADAFIS ha buscado alternativas para sus socios y para la comunidad, para que no tengan que migrar. Tienen proyectos de turismo comunitario y aviturismo. En los 19 años de trabajo han fortalecido viveros, han entregado equipo y herramientas para apicultores, pues el municipio tiene al menos 1,500 colmenas y es un importante productor de miel. Contribuyen en la reforestación del territorio y brindan insumos para sembrar árboles de aguacate, entre otras iniciativas para mejorar el turismo comunitario.


Otilio Marcelino Bravo Roblero en su parcela donde siembra flores para la apicultura. Fotografía: Simone Dalmasso.


Han pasado más de 40 años desde que llegó la amapola a San Marcos y en Tajumulco, Ixchiguán y Sibinal muchos pobladores se siguen sintiendo huérfanos del Estado. No hay empleo formal, hay pocos centros educativos de diversificado, el conflicto territorial no se ha resuelto y la migración es la única alternativa para buena parte de la gente. 


En medio de una militarización asfixiante y de la incertidumbre, las personas tratan de sacudirse el estigma de la amapola. Son mucho más que eso, dicen. 


La serie “Lo que dejó la fiebre de la amapola”, de la que es parte este reportaje, fue producida por Ocote gracias a la beca del Fondo para Investigaciones y Nuevas Narrativas sobre Drogas (cuarta edición), de la Fundación Gabo en alianza con la Open Society Foundations (OSF). Y contó con el acompañamiento y mentoría del periodista Guillermo Garat.